Teníamos por delante unas 6 horas de viaje en tren para llegar a Takayama, por lo que madrugamos bastante. Nada más despertarnos nos dimos cuenta de que habíamos tenido suerte con el tiempo, ya que el día amaneció con mucha neblina. Sin duda habíamos visitado Hakone el día preciso. Lo único malo fue que durante el trayecto en tren desde Gora a Hakone apenas teníamos visibilidad. Una pena, ya que este tren descendía la ladera de una montaña, por lo que seguramente las vistas en un día despejado debían de ser hermosas.
Esta foto me recuerda al Silent Hill…
Para llegar a Takayama fuimos de Hakone a Odawara, desde ahí cogimos el tren bala para llegar a Nagoya, desde donde haríamos el ultimo transbordo para llegar a nuestro destino. Este último trayecto me gustó especialmente por el paisaje. Cruzamos montañas, ríos y pequeñas poblaciones. Nos estábamos adentrando en el interior de Japón.
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Y al sexto día… mis pies encontraron un descanso
Takayama es una pequeña ciudad de unos 100.000 habitantes, situada en el interior en una llanura que está rodeada por montañas. La principal economía de la región se basa en la carpintería, por lo que hay muchos puestos de artesanos, y además el centro conserva la esencia del Japón del siglo XVI.
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Para este lugar tan tradicional decidimos buscar también un alojamiento diferente, y desde luego lo conseguimos! Esa nos quedamos a dormir en el templo Zenkoji, un templo budista reconvertido en posada que además está solo a 5 minutos de la estación. Al llegar al tempo fuimos recibidos por un – no no muy simpático – monje, pero resultó siendo bastante curioso. Tras dejar las mochilas en la habitación salimos a dar una vuelta.
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El altar del tempo donde nos alojamos
Habíamos dejado el mal tiempo en Hakone esa mañana, pero por desgracia no nos despedimos de él. Un cielo gris cubría Takayama. La lluvia, aunque no muy intensa, no cesaba. Al caer la noche el frío, seco, empezó a calarnos…
Con este panorama lo mejor que pudimos hacer fue ir al hotel templo a descansar…
