Aquella fría mañana me desperté con una sensación extrañamente familiar, la cual me recordó a cuando vivía en Andorra. Salí al patío y encontré, aunque no mucha y casi deshaciéndose, nieve recién caída. Después de un día de continua lluvia, la nieve era una buena noticia (para mí, a la hora de visitar una ciudad, es mucho menos molesta la nieve que la lluvia), y además el cielo, aunque aun algo nublado, dejaba entrever azules que indicaban que el clima iba a mejorar. Por suerte pudimos visitar lo que teníamos previsto.
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